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José Gregorio Hernández Cisneros, nació en Isnotú estado Trujillo - Venezuela, el 26 de octubre de 1864, siendo sus padres Benigno Hernández Manzaneda y Josefa Cisneros Mancilla, de quienes heredó el deseo de ayudar al prójimo, su gran religiosidad, el carácter y la rectitud en el proceder.
Recibió el sacramento del Bautismo en Enero de 1985 en la Iglesia del dulce nombre del Niño Jesús de Escuque, Estado Trujillo. Tres años después fue confirmado por el Obispo de Mérida, Monseñor Dr. Juan Hilario Boset.
Sus primeras clases fueron orientadas por el maestro Don Pedro Celestino Sánchez quien dirigía una escuela privada en Isnotù.
En su adolescencia cursó estudios en la ciudad de Caracas en el Colegio Villegas, administrado por un gran maestro, severo y humanitario, el Dr. Guillermo Tell Villegas, quien instruyó en el adolescente magníficas cualidades morales e intelectuales.
El 29 de junio de 1888, recibe del Rector de la Universidad Central de Venezuela el título de Doctor en Medicina.
El Dr. José Gregorio Hernández abrió un consultorio provisional al norte de Caracas, con alegría y la voluntad de hacer obras de caridad, sirviendo a los pacientes y pobres de la Pastora. La experiencia duró hasta septiembre del año 1888, cuando decidió volver a su suelo natal Isnotú Estado Trujillo, con las mismas intenciones y proyectos.
Más tarde fue enviado a la Universidad de París para cursar en la Facultad de Medicina la especialidad de Microscopia, Histología Normal y Patológica, Fisiología Experimental. Tras dos años de profundización y capacitación regresa al país en agosto de 1891, con todo el instrumental y material para crear el Laboratorio de Fisiología Experimental y Bacteriología, por cuenta del Ejecutivo Federal. Esta especialidad fue de gran utilidad para los alumnos de la Universidad Central de Venezuela.
José Gregorio Hernández, tan vinculado a la espiritualidad y al amor de Dios decide internarse en la Orden de los Cartujos. El 07 de junio de 1908 parte a Italia con la decisión de ingresar a un monasterio. Su experiencia duró nueve meses de postulantado durante el cual sufrió quebrantos de salud. Estas condiciones motivaron al Superior General a indicarle volver a su vida seglar, al ejercicio de su profesión y a la docencia.
Permanentemente el Dr. Hernández anhelaba el sacerdocio y para ello, de acuerdo con el derecho canónico debía renunciar a su profesión de médico y así lo hizo. En abril de 1909, obtuvo la licencia del Arzobispo para ingresar al Seminario en la ciudad de Caracas. En esta nueva estancia permaneció veinte días, dando muestras de un gran espíritu de mortificación. Pero el designio de Dios para él no iba a ser el prebisterado, su confesor el Arzobispo de Caracas, Monseñor Juan Bautista Castro, ante la permanente solicitud de los universitarios para que volviera a sus cátedras en la Universidad, consideró que el Dr. Hernández debía volver a sus clases y a la atención de los enfermos.
Posteriormente el Dr. José Gregorio Hernández se dedicó a cuidar y ayudar a sus pacientes con gran esmero, prefería a los más necesitados pero para todos tenía las mismas atenciones, palabras de aliento y consuelo.
El domingo 29 de junio de 1919, era el aniversario treinta y uno de su graduación de médico. Como de costumbre, asistió al templo parroquial a la Misa Solemne, donde recibió la sagrada Comunión.
Poco después fue a buscarlo con urgencia un vecino, para informarle acerca de un enfermo de cuidado; inmediatamente salió el Doctor con la solicitud habitual, entró a la farmacia de Amadores para proveerse de algunos medicamentos que su paciente pudiese necesitar. Al salir presuroso y aprovechando la parada del tranvía, atravesó la calle sin percatarse que subía un automóvil que al golpearlo lo lanzó contra la acera de la farmacia. Apenas alcanzó a exclamar ¡Virgen Santísima!. Con una herida mortal en la base del cráneo, fue trasladado a toda prisa por el mismo conductor y un transeúnte al Hospital Vargas, pero ya nada se podía hacer. El Pbro. Tomaza García Pompa, Capellán hospitalario, le dio la absolución y le administró la Unción dejándole un crucifijo entre sus manos.
El 16 de enero de 1986 José Gregorio Hernández queda reconocido por la Iglesia Digno de Veneración, pero todavía sin culto oficial del público.

Fuente: Monseñor Vicente Hernández P/ Diario La Opinión
 

Niño Jesús de Escuque / José Gregorio Hernández / Vírgen de la Paz

 

 
 
 
 
 
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